
“Te amaba y por eso removí con mis manos aquellas mareas de hombres y tracé con estrellas mi voluntad en el cielo”.
Lawrence de Arabia a Dahoum, un joven beduino.
Soñé con unos paisajes nunca antes vistos. Estaba visitando una hacienda que era un proyecto ecológico y comunal. Teníamos de guía a una mujer muy amable que nos contaba la historia de la finca y nos resaltaba de tanto en tanto los aspectos que ella creía relevantes, a los que yo agregaba mentalmente ciertas miradas. No paraba de llover ese día. Aquí algunos recuerdos, esto lo escribo 15 minutos luego de despertarme pues no recordé inmediatamente al abrir los ojos en la mañana, fue sólo ahora, que alcance a ver el tren de los sueños despidiéndose.
En uno de los parajes de la finca había que atravesar una puerta de arena, yo escale la puerta que era de unos 10 metros de alto. Traté de llegar hasta lo alto y sacaba más y más arena abriendo un hueco para vencerla, pero si yo sacaba un puñado de arena, veía venir un bulto, así que veía luz del otro lado pero también la arena deslizándose como un reloj de arena. Luego todos mis compañeros ya vencidos al ver que no lograba nada me dijeron que me bajara y no siguiera, no les hice caso y seguí intentándolo, hasta que vi que era imposible, ya no tenía de donde sostener mis pies que estaban apoyados en huecos de arena de la puerta, caí resbalado. Caí y ya no vi a ningún compañero de la expedición, habían seguido por una puerta contigua donde no tenían que escalar hasta arriba como yo había hecho en la puerta de arena, sino que habían corrido un cerrojo desde abajo y se había desplegado de par en par: no hubo ni un grano de arena por ningún lado. Las instrucciones en forma de acertijo estaban escritas en Inglés, hacía mención de un “bank”, era un aviso a la altura de mis ojos, escrito sobre una lamina de acrílico transparente. Las letras estaban en rojo mayúscula sostenida. Pasé por donde todos habían cruzado, sorprendido de lo que acababa de suceder, me esforcé de manera innecesaria y había una salida diferente con una estrategia que no se me hubiera ocurrido fácilmente.
Alcance el grupo, seguía lloviendo, recordé ese día varias veces mi sombrilla del Banco, me la regalo un Gerente territorial. Estaría allí recostada contra mi escritorio en la oficina y yo aquí aguantando el goteo frío y empantanador. ¿Por qué no la traje? Era una ocasión para usarla. Mis compañeros seguían la marcha, algunos con sombrilla, me rezague del grupo quedándome sólo, alejado de todos.
Ahora atravesábamos un pasaje hermosísimo, iluminado por una luz ocre, Oh Dios, no pensé que existiera en la realidad: era la luz sephia alumbrándolo todo, no existían los colores amarillo o verde o ninguno de la paleta que acostumbramos ver. Ver la tierra fue lo que más me sorprendió, un ocre vivo, mi piel brillaba naranja oscuro, las paredes de la hacienda en su bahareque conseguían el enfoque perfecto para cualquier fotógrafo. Me acordé de la cámara digital que compre hace un tiempo y lamenté no haberla llevado conmigo, así como hace unos minutos lo hice con la sombrilla. Luz maravillosa, las sombras de los arboles se entrecruzaban sembrando el camino de marcas, las ramas bajas en sepia tocaban mi cara y era la prueba de que existía, la clorofila no corría por las hojas, todo ardía en sepia en sus diferente matices, brillante.
No sabía que se corría una maratón voluntaria ese día en la hacienda, con “voluntario” quiero decir algo nunca visto entre nosotros podía ocurrir allí, valga decir que esto ya parece “Yo, en el país de las maravillas”. Hubo un momento en que estaba caminando despacio por un sendero, y empecé a escuchar arengas, era Yo el centro de atención, todos me miraban y me animaban a seguir en la carrera, estaba en la ruta de la maratón y la gente pensaba que yo era un atleta, no pronuncié palabra pero les dí a entender que no estaba en competencia, no hubo lenguaje, pero el que tenía que comprender que estaba en la maratón era yo, tenía el derecho a seguir corriendo, me decían, “no importa”, repito no había lenguaje articulado en palabras, está bien, pensé. Allí estaba mi amigo Antonio animándome también, el conoce mi historia pensé, y si él me anima entonces seguro debo correr, aseguro que hasta ese momento me dí cuenta de que tenía tenis, no había reparado hasta entonces si tenía o que marca eran, de pronto ví que vestía ropa deportiva y unos tenis precisamente no de atletas, pero eficientes, pues respondían bien al asfalto de la pista: gane, llegué primero o último o segundo, el hecho es que cuando llegué me sentí culpable porque seguramente otros atletas hubieran empezado desde el inicio del trayecto y no como yo que caí de improviso en la pista y sencillamente corrí. No llego ningún atleta luego de mí, todos me celebraban el primer lugar y mi voluntad de correr al ritmo de sus aplausos. Me sentí bien, flotando en las felicitaciones de los desconocidos.
Pasamos por una caseta vieja, era el lugar donde se dispensaba orientación religiosa. En la comuna vivían muchos vecinos y era natural que hubiera diferentes credos, en efecto había distintas mesas dispuestas como en una cafetería (no es casual la metáfora) y sobre ellas unos leads en papel que indicaban que debían sentarse los que fueran: cristianos aquí, católicos allá, mormones, en otra, musulmanes allí, y así…. Vi dos personas sentadas en espera de que llegara el líder de su mesa. Este lugar lo ví cuando iniciamos la expedición, sólo que no reparé bien en el interior, ahora estoy pasando nuevamente y tomo nota de cómo funciona. Una señora sale del interior de la caseta lo que me induce a pensar que entablara dialogo con una de esas personas que esperan en las mesas, ¿qué culto rezará?
La última imagen del sueño la tengo cuando le estaba pagando $20.000 a la persona que desde la ciudad me condujo hasta la hacienda. El era un vendedor de dulces que se aparcaba con su carrito surtido de caramelos, yo llegué en la mañana bien temprano, le indique que necesitaba llegar, el me señalo la ruta, además dejó su carro atado a un hidrante de bomberos, lo que me sorprendió porque no guardo la mercancía solo la cubrió con un plástico, cuando regresamos de la hacienda aun era de mañana, yo en la hacienda vi amanecer, el medio día y anochecer, llegamos en el mismo día y en la mañana como si no hubiera transcurrido el día. El señor me cobró, no sabía cómo calcular el pago por el favor, finalmente y ante uno de mis billetes que había sacado de la billetera ripostó en un tono de voz seguro y cansado:
- $20.000, lo que vale un día de trabajo.
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